CAPÍTULO 11º
LA LEMURIA
"Y había Jehová Dios plantado un huerto en
el edén al oriente, y puso allí al hombre que había formado". Mucho se ha
discutido sobre el paraíso terrenal. Max Heindel sostiene que ese paraíso
terrenal es la luz astral y no quiso darse cuenta de lo que significa la
palabra "terrenal".
Realmente ese paraíso existió y fue el
continente de la Lemuria, situado en el Océano Pacífico. Esa fue la primera
tierra seca que hubo en el mundo. La temperatura era extremadamente cálida.
"Más subía de la tierra un vapor que regaba toda la faz de la tierra"
(Génesis. Cap.2 Vers. 6).
El intensísimo calor y el vapor de las aguas
nublaban la atmósfera y los hombres respiraban por agallas como los peces.
"Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y
hembra los creó" (Génesis. Cáp. 1 Vers. 27).
Los hombres de la época polar y de la época
hiperbórea y principios de la época lemúrica eran hermafroditas, y se
reproducían como se reproducen los microbios hermafroditas. En los primeros
tiempos de la Lemuria, la especie humana casi no se distinguía de las especies
animales; pero a través de 150.000 años de evolución llegaron los lemures a un
grado de civilización tan grandiosa, que nosotros los arios estamos todavía muy
lejos de alcanzar. Esa era la edad de oro, esa era la edad de los titanes. Esos
fueron los tiempos deliciosos de la Lemuria. Los tiempos en que no existía lo
mío ni lo tuyo, porque todo era de todos. Esos fueron los tiempos en que los
ríos manaban leche y miel.
La imaginación de los hombres era un espejo
inefable donde se reflejaba solemnemente el panorama de los cielos estrellados
de Urania. El hombre sabía que su vida era la vida de los dioses, y el que
sabía tañer la lira estremecía los ámbitos divinos con sus deliciosas melodías.
El artista que manejaba el cincel se inspiraba en la sabiduría eternal y daba a
sus delicadas esculturas la terrible majestad de Dios.
¡Oh! la época de los titanes, la época en que
los ríos manaban leche y miel.
Los lemures fueron de alta estatura y tenían
amplia frente, usaban simbólicas túnicas: blancas por delante, negras por
detrás, tuvieron naves voladoras y buques propulsados por la energía atómica,
se alumbraban con la energía nuclear, y llegaron a un altísimo grado de
cultura.
Esos eran los tiempos de la Arcadia: el hombre
sabia escuchar entre las siete vocales de la naturaleza la voz de los dioses, y
esas siete vocales: i, e, o, u, a, m,
s, resonaban en el cuerpo de los lemures con toda la música inefable de
los acompasados ritmos del fuego.
El discípulo gnóstico debe vocalizar una hora
diaria en el orden aquí expuesto: la forma Indica el sonido prolongado de cada
vocal que debe ser una exhalación completa de los pulmones: iiiiiiiiiii
eeeeeeeee ooooooooo uuuuuuuu aaaaaaaa mmmmmmmm sssssssssss.
La I hace vibrar las glándulas
pituitarias y pineal y el hombre se hace clarividente.
La E hace vibrar la glándula tiroides y
el hombre se hace clariaudiente.
La O hace vibrar el chacra del corazón y el hombre se hace intuitivo.
La U despierta el plexo solar (boca del
estómago) y el hombre desarrolla la telepatía.
La A hace vibrar los chacras pulmonares
y el hombre adquiere el poder de recordar sus vidas pasadas.
Las vocales M y S coadyuvan
eficientemente en el desarrollo de todos los poderes ocultos. Una hora diaria
de vocalización vale más que leer un millón de libros de teosofía oriental.
El cuerpo de los lemures era un arpa milagrosa
donde sonaban las 7 vocales de la naturaleza con esa tremenda euforia del
cosmos. Cuando llegaba la noche, todos los seres humanos se adormecían como
Inocentes criaturas entre la cuna de la Madre Naturaleza, arrullados por el
canto dulcísimo y conmovedor de los dioses, y cuando rayaba el alba, el sol
traía diáfanos contentos y no tenebrosas penas.
¡Oh la época de los titanes! Esos eran los
tiempos en que los ríos manaban leche y miel.
Los matrimonios de la Arcadia eran matrimonios
gnósticos. El hombre solo efectuaba el connubio sexual bajo órdenes de los
Elohim, y como un sacrificio en el altar del matrimonio para brindar cuerpos a
las almas que necesitaban reencarnarse. Se desconocía por completo la
fornicación, y no existía el dolor en el parto.